La inteligencia del futuro

May 18, 2018

Se solía pensar que los tests de Coeficiente Intelectual eran el barómetro para medir la inteligencia de una persona y su éxito en la vida.

 

Por enfatizar en ello, por mucho tiempo se dejó de lado la importancia de los factores emocionales que circundan el desempeño de una persona. La inteligencia académica nos prepara para resolver problemas teóricos alejados de toda la crudeza de la realidad, pero no nos prepara para manejar situaciones de estrés, frustraciones, caídas, gente, disminución de la confianza, tristeza, impotencia, injusticia, ira y un largo etc.

 

Es la vida real la que nos requiere saber en que emoción nos encontramos en cada momento, para saber cómo vamos a reaccionar desde ahí y qué resultados tendremos. Es necesario conocer nuestra emocionalidad para gestionarla y obtener resultados positivos en nuestra vida.

 

El mundo corporativo está empezando a valorar las habilidades emocionales por sobre las académicas, y está tomando en cuenta que las primeras son más determinantes en el imperioso incremento del desempeño laboral.

 

Daniel Goleman, autor de la Inteligencia Emocional, detalla que el éxito en la vida de una persona se debe a cómo máximo un 20% de sus habilidades académicas o intelectuales, y hasta un 80% de sus capacidades emocionales.

 

Chris Argyris, fue un profesor emérito de Harvard estudioso de las competencias de management. En su estudio Interpersonal Barriers to Decision-Making, Argyris analizó las barreras interpersonales que tienen los directivos al momento de tomar decisiones. Calculó que un grupo de directivos, con un coeficiente intelectual personal en promedio de 130, se puede reunir en una sala a discutir apasionadamente de un tema, generando por este motivo, un coeficiente intelectual promedio de 65.  Es decir, el coeficiente intelectual se refleja en el emocional. Mientas menos control emocional tienes, trabaja menos inteligencia racional.

 

Dicho coloquialmente, cuando la emoción sube, la inteligencia baja.

 

Por esta razón es determinante conocer nuestro estado emocional. Todos estamos sintiendo algo siempre, tal vez con poca intensidad que no somos conscientes de ello.  Es fundamental aprender a tomar conciencia de cuál es nuestro estado emocional predominante en cada momento, ya que en base a dicho estado reaccionaremos y generaremos algún resultado. Generalmente actuar conducido desde la pasión emocional genera resultados poco adecuados.

 

El primer y fundamental paso para empezar a gestionar nuestra emocionalidad es reconocer la emoción en la cual estamos, dándole un nombre. Por ejemplo, si alguien hace algo que nos molesta mucho, debemos reconocer que estamos enfadados y decirlo en nuestra cabeza un mínimo de 3 veces, ya que ello hace que seamos conscientes de nuestro estado y que nuestra respuesta desde aquí no va a ser la mejor.

 

Es fácil saber cuando hemos estado molestos, luego de haber pasado la situación. Sin embargo, es más difícil reconocer durante la situación que estamos molestos. El reconocerlo y repetirlo hasta 3 veces, servirá como ponerle un paño frio a la situación, parar y reflexionar sobre las consecuencias que vamos a producir desde ahí.

 

La base es reconocer en que emoción estamos, ya que será desde esta emoción que generaremos un resultado. Todas nuestras acciones o inacciones generan algún resultado en nuestra vida, tal vez más profundo del que podemos pensar.

 

Por ejemplo, ¿cómo reaccionará una persona que se gana la lotería? Controlada por la intensidad de la alegría, podría empezar a prometer muchas cosas que, luego cuando dicha intensidad disminuye, ya no va a querer cumplir. Pero ya se comprometió. En cambio, si durante el preciso instante esta persona reconoce su intensidad emocional, diciéndolo como mínimo 3 veces, si es en voz alta mejor, podrá ponerse un límite para no dejarse controlar por dicha pasión y evitarse luego, muchos problemas.

 

Las emociones son generadas en el sistema límbico dentro del cerebro central, originadas por estímulos externos (situaciones). Estos estímulos entran a nuestro cerebro por medio de los sentidos y ordenará al cuerpo las acciones a tomar en base a ellos.

 

Albert Elllis dijo que en realidad, no son los acontecimientos externos los que generan nuestras emociones, sino la interpretación que le damos a esos acontecimientos.

 

Es decir, son nuestros paradigmas los que gestionan la identidad e intensidad emocional. Difícil será cambiar nuestra reacción si esta se produce desde un paradigma instaurado. Ello significa  luchar contra cada situación que nos genere una emoción intensa con proyecto de resultado negativo. Es más fácil cambiar nuestra interpretación de dicho acontecimiento, cambiar nuestro paradigma para luego ya no tener que luchar contra una intensidad pasional sobrecogedora originada por similares estímulos. Se trata de cortar la raíz en lugar de las hojas.

 

En este sentido se pronunció Walpole, cuando dijo que la vida es un drama para los que sienten y una comedia para los que piensan. Quiere decir, que aquellas personas que tienden a gestionar sus emociones tienen más probabilidad de tener éxito en su vida que aquellas personas que se dejan llevar por la intensidad emocional.

 

No es un tema de numerus clausus, todos podemos desarrollar nuestro coeficiente emocional con la práctica y el hábito de tomar consciencia de nuestras emociones. El control de los impulsos es una capacidad que se puede desarrollar como un músculo graso en el gimnasio. En base a la repetición.

 

 

Para graficar de mejor manera la importancia del control de los impulsos, ponemos como ejemplo el experimento de Mischel, en el cual sentó por separados a un grupo de niños frente a una mesa con una golosina en un plato. Les dijo que él saldría un momento de la sala, y que si durante su ausencia, resistían comerse la golosina que tenían en frente, les daría otra golosina cuando regresara.

 

A aquellos niños que se dejaran llevar por la tentación y se comieran la golosina que tenían en frente, no se les daría otra.

 

La ecuación es simple, si esperas recibes dos golosinas, si actúas impulsivamente sólo te comerás una. Algunos niños pudieron resistir la tentación, mientras que la mayoría cayó en ella. Los primeros eran niños que lucharon por controlar sus impulsos, los segundos eran niños que actuaban en base a sus impulsos.

 

Lo interesante del experimento fue que luego de algunos años, cuando los niños tenían sus veinte y pico, aquellos que gestionaron su impulsividad eran personas con éxito social, laboral, personal con alta capacidad de enfrentar la frustración, mientras que una parte de los que se dejaron controlar por la tentación, se convirtieron en personas que se desmoralizaban fácilmente, perturbados por la frustración, indecisos, inseguros, testarudos, desconfiados, resentidos, que se paralizaban ante situaciones adversas, a reaccionar desproporcionadamente o a meterse en todo tipo de discusiones o peleas.

 

Este experimento grafica idóneamente el beneficio de controlar los impulsos o la “tentación”. Y es algo, que como ya he dicho, se puede entrenar diariamente, con esfuerzo hasta hacerlo de forma casi automática. Mientras más capaces seamos de desarrollar nuestra capacidad de gestionar nuestras emociones, mayor será nuestro coeficiente emocional.

 

La emocional es la inteligencia del futuro, y en cuanto demos cuenta de la importancia de elevarla, empezaremos a impulsar nuestra capacidad personal, laboral y social. Es cosa de reconocer nuestro estado emocional y gestionarlo a través de nuestro diálogo interno y el difícil pero gratificante control de impulsos

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