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  • Daniel Castro Adrianzén

La psicología del miedo – Cuando se pasa de buena

Renato y Alan son amigos desde hace muchos años y hace 5 meses se fueron a vivir en un departamento para compartir gastos.


Al inicio redactaron unas “reglas de convivencia” que al cabo de un tiempo se fueron diluyendo en las costumbres arraigadas de cada uno, que iban apareciendo con más insistencia.


Una de esas reglas era que la cocina debía estar siempre limpia, sin platos ni sartenes sucias. Renato no era muy atento con esa regla. Alan no le decía nada, para no parecer pesado.


En esta dinámica pasaron unos meses, hasta que un día, Alan, cargado por su trabajo y por la reiterada falta de compromiso de Renato, reventó al ver por enésima vez los platos sucios en la cocina.


Fue que decidió que era tiempo de mudarse. Al ser preguntado por Renato, respondió que era mejor un lugar cerca a su trabajo.


Trabajo del cual tuvo que renunciar después, ya que no era compatible con la forma de dirigir de su jefe, el cual nunca supo las verdaderas razones.


En ambos casos, mudarse y cambiar de trabajo, Alan tomó la decisión más compleja : alejarse del foco que le ocasionaba conflicto, ya que no era capaz de decir lo que le molestaba, porque tenía miedo de quedar mal o que se enfaden con él.


Alan tenía miedo de defender sus intereses, porque no quería quedar mal.


Alan tenía miedo. Y no era consciente de ello.


Cuando el mecanismo cerebral de protección es demasiado bueno, nos limita y nos controla sin que nos demos cuenta. Somos controlados por las razones que nos hacen alejarnos de aquellas cosas que quisiéramos.


La función principal de nuestro cerebro es protegernos y lo hace a través del miedo. Y muchos de nuestros miedos que son aprendidos. Son formas de ver las cosas.


En realidad no generan ningún tipo de daño, pero hemos aprendido a hacerles caso.


Son aprendizajes sociales.



Como el miedo invisible de Alan, de no poner sus límites porque tenía miedo de caer mal.


Todo aquello que quisiéramos hacer y no hacemos, se debe a un miedo. Pero lo traducimos en excusas “hoy no, cuando tenga tiempo, cuando tenga dinero, cuando cambie el gobierno, cuando sea el momento perfecto, por ahora estoy bien así”.


El miedo viene del cerebro emocional, más rápido y fuerte que el cerebro racional. Pero menos inteligente. Por ello solemos hacer caso a nuestros miedos antes de darnos cuenta que son miedos. Y le damos forma de excusas.


Hay 2 tipos de miedos : Los miedos racionales son buenos, porque nos protegen de peligros reales y efectivos: miedo a los animales salvajes, miedo a las alturas, miedo al mar, miedo a salir tarde por la noche, miedo a cruzar una avenida, miedo a los incendios, miedo a contagiarnos, miedo a que nos roben, etc.


A estos miedos hay que hacerles caso porque nos permiten vivir. Somos conscientes que tenemos estos miedos.


Por otro lado, están los miedos irracionales que no son buenos, pues tan solo nos limitan. No protegen de peligros efectivos, sino de ideas aprendidas socialmente. Lo que hacen, es alejarnos de determinadas situaciones, que tal vez serían beneficiosas para nuestro ser.


Miedo a hablar en público, miedo a pedir una inversión, a pedir favores, a pedir un ascenso, a una entrevista de trabajo, a hablar con la persona que queremos, a nuevas responsabilidades, en el trabajo o en el caso de tener un hijo, a opinar diferente, a marcar nuestros límites, etc.


Estos miedos son inútiles, no nos protegen de nada. Sólo son aprendizajes sociales a los que les hemos dado mucho poder y credibilidad.


Dentro de estos miedos irracionales están los conscientes : hablar en público, hablar con la persona, pedir un aumento, asumir nuevas responsabilidades, etc.


Y también están los inconscientes o invisibles: miedo al que dirán, miedo a la incertidumbre, miedo al rechazo, etc.


No somos conscientes de estos porque nos acompañan desde siempre y ya estamos acostumbrados a su presencia. Forman parte de nosotros.


Para vencer nuestros miedos irracionales, debemos cuestionar las ideas que los sostienen y en las cuales creemos apasionadamente. Todo aquello en lo que creemos con certeza, termina convirtiéndose en una prisión mental de la que no queremos salir. La puerta para salir la dibujamos a través del cuestionamiento de nuestras pasiones.


Pero si no identificamos estas ideas, no las podemos cuestionar. No podemos gestionar algo cuya existencia desconocemos.


Por ello, los miedos invisibles son los más perjudiciales. Sin darnos cuenta nos llevan a resultados frustrantes que no podemos controlar, justamente porque desconocemos su existencia.


Primero debemos ponerlos sobre la mesa, y una vez ahí trabajar en ellos.


Mientras esto no suceda, seguiremos siendo controlados por ellos y luego les llamaremos “destino”.


Somos controlados por todas aquellas cosas que pasan dentro de nosotros sin darnos cuenta. Y muchos miedos traducidos en un “ya mañana, otro día, mejor después” nos llevarán a un destino al cual no queremos llegar.


Para empezar a ganar control sobre nosotros mismos y llegar a dónde tal vez no sepamos que podemos llegar, debemos evidenciar estos miedos.


Ser valiente es aceptar que tenemos miedos.

Ser inteligente es reconocer nuestros miedos irracionales.


Ser consciente es evidenciar nuestros miedos invisibles.


Está bien tener miedo. Lo que no está bien, es negarlos o peor aun, desconocer que nuestras excusas son la forma superficial en la que se manifiestan nuestros miedos invisibles profundos.


No podemos montar caballo, sin subirnos a él.

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